
EL BUEN CONVERSADOR
Hace unos días fui a un banco a hacer una gestión. Estaba sentada, esperando y trasteando con el móvil, cuando un caballero se sentó a mi lado. Casi inmediatamente comprendí que aquella persona tenía ganas de hablar, así que guardé el móvil con resignación y le escuché.
La conversación comenzó con el tema de la alegría compartida. Ambos coincidíamos en lo mucho que nos alegrábamos cuando a los demás les iba bien, sin falsas envidias. Nos contamos unas cuantas anécdotas personales, y la charla transitó por muchos caminos: la sanidad, la educación, las fuerzas del orden, la justicia… en suma, el estado del bienestar.
Estaba ante una persona afable, buena conversadora y con un gran sentido común. Y fuimos capaces de hablar de todo esto sin hablar de política. O, mejor dicho, sin hablar de partidos, porque —como todos sabemos— los asuntos arriba expuestos sí son política. Él expuso sus razonamientos, yo los míos; nos escuchamos con absoluto respeto. Yo aprendí de sus reflexiones, y creo que él también aprendió de las mías.
Ninguno se colocó en los extremos de ninguna ideología. No hablamos desde la militancia ni defendimos teorías como si fuéramos expertos —que claramente no éramos—. Tampoco intentamos imponer nuestro criterio. Simplemente mantuvimos lo que viene a ser una conversación agradable, respetuosa y enriquecedora.
Lamentablemente, enseguida me llamaron para atenderme y, antes de irme, se despidió deseándome buena suerte.
Igual puede parecer una expresión banal, pero ese día yo tenía un asunto para el que necesitaba conocimiento y una buena dosis de suerte, así que lo tomé como una especie de bendición.
En mi trabajo tengo dos objetos que pueden resultar anacrónicos: un calendario de mesa de marca Myrga y una radio analógica.
Para quienes no conocen el calendario de mesa: es un taco de hojas, dos por día, ordenadas cronológicamente y unidas por dos anillas, con la espléndida particularidad de que cada día trae una cita escrita por alguien famoso.
Cuando regresé del banco, y después de terminar algunas tareas, cogí mi calendario y me dispuse a tachar las tareas finalizadas. Entonces me di cuenta de la cita del día:
“El hombre más feliz es aquel que sabe reconocer los méritos de los demás y se alegra del bien ajeno como si fuera propio.” Johann W. Goethe
“¡Vaya!”, pensé. “¡Parece como si Goethe hubiera escuchado nuestra conversación!”
Pasó el día, y al finalizar mi jornada laboral, camino a aquel asunto para el que necesitaba suerte, me entretuve leyendo un artículo sobre Juan Antonio Bayona, el director de cine. En la entrevista citaban estas declaraciones:
“La defensa del Estado del bienestar es la principal herramienta para combatir la desigualdad de una sociedad. Creo en una sociedad en la que los servicios básicos de salud y educación estén cubiertos por el Estado. El virus afecta a ricos y pobres, pero no todo el mundo puede defenderse igual. Necesitamos una sanidad pública, fuerte, preparada y para todos. Espero que en el futuro nos acordemos de que cualquier política enfocada a reducir el estado del bienestar es un error.”
“¡Vaya!”, pensé de nuevo. “¡Parecía como si Juan Antonio Bayona también hubiera escuchado nuestra conversación!”
Finalmente, llegué a aquel asunto para el que necesitaba la buena suerte que el conversador me había deseado. No voy a suavizarlo: salí frustrada y sin esperanza. No había tenido buena suerte.
Sin embargo, en la poca lucidez que me dejó tanta emoción negativa, sí pude acordarme de aquel cuento chino que se preguntaba:
“¿Qué es buena suerte?”
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