La incredulidad de santo Tomás, Caravaggio
EL DEDO EN LA LLAGA
I. Una herida que nunca cierra
Hay gestos que han perdurado a lo largo de los siglos. Uno de ellos es el de comprobar con el dedo que una llaga, que una herida existe, que no es fábula ni rumor. Tomás, incrédulo, buscó la verdad hundiendo la mano en el costado abierto de Cristo. Después, hablar de poner el dedo en la llaga es referirse a enfrentar lo que duele y no quiere ser mirado.
En Masonería, esta imagen no nos es ajena. Cada uno de nosotros lleva cicatrices, e incluso llagas abiertas bajo el mandil. Y la Francmasonería, que proclama fraternidad, carga también con heridas, con contradicciones, con silencios, especialmente aquellos que proceden de nuestras derrotas ante las violencias, a lo largo de una historia que compartimos.
II. Fraternidad frente al estruendo de los cañones
Soñamos con la Cadena de Unión Universal, pero el mundo ha sido un campo de batalla incluso para hermanos.
Las Constituciones hablan de “ser pacíficos súbditos” y buscar la armonía entre hombres de distintas religiones y naciones. En el s. XIX, Obediencias como el Gran Oriente de Francia y la Gran Logia Unida de Inglaterra publicaron manifiestos contra la intolerancia y la guerra fratricida de Europa.
George Washington, quien habría colocado la primera piedra del Capitolio con atuendo masónico y habría defendido la tolerancia y la fraternidad, y Benjamin Franklin, también masón, habrían observado, a través del humo de la lucha por la independencia, a sus enemigos británicos, como el general Sir William Howe, quien figura en los listados de la Grand Lodge of England.
Se habla de que, aunque se dieron algunos episodios de respeto caballeresco entre ellos, la fraternidad masónica si bien suavizó, no eliminó conflicto alguno.
También es de todos conocido, que oficiales iniciados sirvieron tanto a Napoleón como a Wellington en una Europa desgarrada. Si bien es sabido que Napoleón nunca fue iniciado, queda acreditado que en su entorno había un gran número de hermanos: José Bonaparte fue Gran Maestre del Gran Oriente de Francia y muchos de sus mariscales también pertenecieron a la Francmasonería. Al otro lado del campo de batalla, el Imperio británico tenía mandos masones como Arthur Wellesley, duque de Wellington, a la sazón vencedor en Waterloo.
Así, mientras la Masonería predicaba fraternidad universal, sus miembros se encontraban dirigiendo ejércitos enemigos. El ideal de unión no impidió que la lealtad a la nación pesara más que el lazo masónico, en una de las guerras más decisivas de Europa.
En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el líder socialista y masón Jean Jaurès se convirtió en una de las voces más firmes contra el conflicto, defendiendo la paz entre Francia y Alemania y advirtiendo que la guerra sería una tragedia para las poblaciones de ambos países.
Su postura pacifista le hizo blanco de odio nacionalista y fue asesinado en París el 31 de julio de 1914, apenas un día antes de que Francia movilizara sus tropas.
Mientras tanto, otros masones franceses y británicos, que ocupaban altos mandos militares, llevaron a millones de hombres a los campos de batalla de Verdún y el Somme, perpetrándose dos de las carnicerías más brutales de la contienda. El ideal de fraternidad internacional quedó así silenciado por el fervor patriótico y la maquinaria bélica, evidenciando así que la Masonería no pudo impedir que sus propios miembros impulsaran una guerra que el masón Jaurès intentó detener.
En España, Martínez Barrio y José Giral Pereira son ejemplos de masones que intentaron sostener la República y buscar una salida política al golpe. Miguel Cabanellas Ferrer, también iniciado, representa la otra cara: un militar masón que primero apoyó al ala más republicana del golpe, oponiéndose a que Franco asumiera todo el poder, para terminar plegándose y uniéndose a una sublevación que luego persiguió y criminalizó a la Masonería.
Nuestro ideal masónico no detuvo el cañón. La Escuadra no desvió las balas. La fraternidad universal se quebró una y otra vez ante el peso de una patria, de una ideología, del miedo.
Y hoy, la llaga supura de nuevo: Gaza e Israel, tierras donde hermanos se devoran por promesas antiguas y agravios recientes. Allí donde niños mueren y ciudades se convierten en polvo, nuestras palabras sobre paz suenan frágiles.
Hay masones, judíos y árabes, que oran por la Luz mientras sus países se preparan para la guerra. El símbolo no basta para contener a la historia.
La Masonería, desde el siglo XVIII, admite hombres de distintas religiones. En el Próximo Oriente existieron y existen logias con miembros judíos, musulmanes y cristianos. En el Imperio Otomano funcionaron talleres mixtos como la Logia Unión de Beirut fundada en el siglo XIX, donde convivieron musulmanes, cristianos y judíos.
En Palestina bajo mandato británico hubo logias dependientes de la Gran Logia de Escocia o de la Gran Logia de Inglaterra, con miembros árabes y judíos. La actual Gran Logia del Estado de Israel, fundada en 1953, nació de primitivas logias que admitían colonos judíos y árabes.
En Egipto y Líbano hubo una intensa tradición masónica con presencia judía y musulmana hasta mediados del siglo XX, truncada en gran parte por nacionalismos y por diferentes conflictos.
Hoy existen masones judíos y árabes en obediencias internacionales: algunos en logias israelíes afiliadas a la Gran Logia de Israel, otros en talleres bajo jurisdicciones como la Gran Logia Nacional de Francia o el Gran Oriente de Francia, que reúnen diásporas. También hay masones árabes en países como Líbano y Marruecos que mantienen contacto con redes internacionales.
En Israel, las logias han seguido reuniéndose incluso en tiempos de guerra, pero sus miembros cumplen el servicio militar obligatorio y muchos participan en la defensa del país.
En países árabes donde la masonería sobrevive discretamente, los masones se ven condicionados por las leyes, por el clima político y, a menudo, por su incondicional apoyo a la causa palestina.
En cada nuevo estallido en Gaza o en conflictos fronterizos, masones de ambas orillas pueden compartir rituales de paz… y al mismo tiempo pertenecer a sociedades movilizadas y a países enfrentados. El ideal de la fraternidad universal no logra frenar la lógica bélica cuando estallan conflictos nacionales e internacionales.
III. La verdad incómoda
Aquí está la verdad que hiere: ser masón no nos exime de ser humanos. La Francmasonería enseña tolerancia, pero no puede sustituir la conciencia individual. Cada masón debe decidir si levanta muros o puentes, si sirve a la vida o a la violencia.
Nuestras constituciones invocan paz; nuestros rituales celebran unión. Sin embargo, la vida nos pone ante decisiones que ninguna Logia puede dictar: obedecer a la bandera o a la voz interior, callar ante la injusticia o alzar la palabra aunque todo el cuerpo y nuestra voz nos tiemblen.
IV. Trabajo interior y deber presente
Poner el dedo en la llaga es mirarse al espejo:
- ¿Hacemos que la fraternidad sea algo más que palabra o una invocación ritual?
- ¿Respondemos al odio cuando éste vuelve a incendiar viejas y recurrentes guerras en Oriente Próximo, donde Gaza e Israel nos recuerdan que la humanidad puede olvidarse a sí misma?
Hay, efectivamente, masones judíos y árabes que siguen reuniéndose y orando por la Luz, intentando sostener la idea de humanidad compartida mientras sus países se atrincheran.
Pero la historia muestra que el ideal masónico, por sí solo, no puede contener la presión de nacionalismos, traumas colectivos y violencia política que desembocan en guerras.
La Masonería ofrece un espacio de diálogo y esperanza; pero no un escudo capaz de detener los cañones. Nuestro trabajo no consiste en huir del mundo sino en habitarlo despiertos.
V. Cierre
Pongamos el dedo en la llaga, sin miedo. La paz que proclamamos será hueca si no enfrentamos la distancia entre símbolo y acto. Que cada uno, en silencio, pregunte a su conciencia:
- ¿Soy puente o trinchera?
- ¿Mi Luz alumbra o ciega?
- ¿Resiste mi fraternidad cuando la guerra llama?
Solo así, tocando la llaga sin apartar el dedo, la Masonería seguirá siendo taller de humanidad y no únicamente refugio de bellos propósitos.
La francmasonería no profesa ningún dogma y trabaja en una permanente búsqueda de la verdad, por ello las disertaciones publicadas en esta web no deben ser interpretadas como el posicionamiento de la Logia Gea en los temas tratados, sino como la expresión de la opinión de uno de sus miembros con el objetivo de incitar a la reflexión y al debate constructivo que nos permite cumplir con los deberes masónicos con un mejor conocimiento de causa.
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